Zelda y Persona defienden el diseño artístico

El ser humano siempre tiende a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero no nos equivoquemos y abramos bien los ojos porque estamos viviendo uno de los momentos más dulces de la historia de los videojuegos. En poco más de un mes de diferencia han salido dos obras maestras que no sólo han presentado sus candidaturas al GOTY 2017, si no que ya son referentes en sus respectivos géneros. Estoy hablando de Zelda Breath of the Wild y Persona 5, dos auténticos juegazos que nadie debería dejar pasar este año por muy fanáticos que seamos de Nintendo o Sony. Como jugador no puedo recordar una etapa más feliz en que disfrutara de tantas horas de juego y de tanta calidad.

Los desarrolladores de Zelda BotW han parido un título sobresaliente que rompe muchas de las convenciones de la saga, introduciendo un extenso mundo abierto y reinventando muchas de sus mecánicas. Para hacernos una idea de su calibre basta con recordar que ha batido el récord de dieces en toda la historia de metacritic, lo que ha dado lugar a muchos debates preguntándonos si es mejor que el mítico Ocarina of Time. Por otro lado tenemos a Persona 5 que se ha mantenido fiel a la saga, insistiendo y mejorando todas las señas de identidad de las dos últimas entregas: los protagonistas siguen siendo chicos de instituto, combates por turnos, una historia lineal con trasfondo social, etc.

Son dos modos de hacer las cosas muy diferentes y en muchos apartados prácticamente podríamos decir que son polos opuestos. Cada uno, con su propia personalidad y tomando caminos diferentes, ha sido capaz de alcanzar la excelencia. Sin embargo, tengo el deber de destacar que tienen un aspecto en común: el diseño artístico. En este caso ambos títulos dan una lección a toda la industria y nos recuerdan la importancia de la dirección artística frente al apartado técnico. Nos recuerdan que este hobby no consiste en contar píxeles ni FPS. Nos recuerdan que esto se trata de vivir una experiencia. En definitiva, nos recuerdan aquel viejo eslogan de una marca de coches que decía algo así como que “la potencia bruta sin control no sirve de nada”.

 

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